sábado, 20 de septiembre de 2014

domingo, 25 de agosto de 2013

NIÑO ESCUCHADO, NIÑO FELIZ

Los niños son intuitivos. Incluso los niños más pequeños se dan cuenta de cuando sus padres se desconcentran y les responden con el piloto automático. Cuando los niños sienten que sus padres realmente les escuchan (desde la mejor carrera de Rayo McQueen hasta lo que han aprendido en la escuela), se sienten más conectados. Esto aumenta su confianza en sí mismos y su felicidad en general. Escucha a tus niños cuando hablan. Es la mejor manera de construir una relación abierta y honesta con tu hijo y le hace feliz.

Virginia Alberca Garcia

domingo, 21 de abril de 2013


domingo, 14 de abril de 2013


viernes, 29 de marzo de 2013

Para proteger la imagen e intimidad de los niños/as y padres del Centro los vídeos y fotos individuales se colgarán en el acceso privado de la web nueva. 

sábado, 4 de junio de 2011

DEDICADO A TODAS LAS MAMAS


Me encontré este escrito en un blog  cuando estaba a punto de ser mamá, me encantó y  lo imprimí. Ahora que soy mamá más me gusta.Por eso quiero compartirlo con todas vosotr@s. No os olvideis nunca  que para vuestros hijos/as sois la mamá más guapa, maravillosa e inteligente que existe. ¡¡¡Es maravilloso!!! 
Seguro que muchas veces te has hecho esta pregunta, sobre todo si eres mamá primeriza y tu bebé tiene pocos meses. Todo es tan nuevo y tan desconocido que te sientes abrumada. Tu bebé depende enteramente de ti, y  esa  responsabilidad tan grande a veces te supera. La cosa se agrava porque estás cansada e hiper sensible, y no siempre es cómodo sentir que tus necesidades han pasado a un segundo y hasta a un tercer plano: da igual que no hayas dormido en toda la noche o que aún no hayas tenido tiempo de llevarte un bocado a la boca, si tu bebé tiene hambre, no puede esperar. Y para colmo, la gente viene a ver a la criaturita y nadie te pregunta cómo estás tú. ¿Y cómo vas a estar?, pensarán. Feliz, como cualquier nueva madre, ¿o no? Eso sí: todo el mundo tiene un consejo que darte, hasta tu primo Alberto que tiene 20 años y jamás ha tenido un bebé en brazos. Porque aparte de ser una nueva madre feliz, eres primeriza, y pobre, no tienes idea de nada.
Es lógico que te preguntes si lo estás haciendo bien, o, lo que es lo mismo: ¿Soy una buena madre? Sobre todo si estás cuidando a tu bebé de una forma «distinta» a lo que te puede decir la mayoría: es decir, si lo llevas en brazos, no lo dejas llorar, lo amamantas a demanda.
Esto es lo que, a casi dos años de ser mamá, me diría a mí misma durante aquellas terribles primeras semanas, si pudiera viajar en el tiempo:
Claro que lo estás haciendo bien. Y nadie podría hacerlo mejor. Sencillamente porque tú pariste a esta criatura y es a ti a quien necesita. ¿Lo consuelas cuando llora? ¿Lo alimentas cuando tiene hambre? ¿Lo mantienes limpio? ¿Está junto a ti la mayor parte del tiempo? Pues lo estás haciendo perfecto.
Da igual cómo le limpies el ombligo, si lo bañas todos los días o no, si aún no te atreves a cortarle las uñas: con el tiempo dominarás esos detalles prácticos y cotidianos que a fin de cuentas no son tan importantes. Lo importante ahora es tu presencia y tu calor. Y esas son cosas que tienes de sobra.

VIRGINIA ALBERCA GARCIA

lunes, 30 de mayo de 2011

CARTA DE UN PADRE A SU HIJO/A.

Era una mañana como cualquier otra. Yo, como siempre, me hallaba de mal humor. Te regañé porque estabas tardando demasiado en desayunar, te grité porque no parabas de jugar con los cubiertos y te reprendí porque masticabas con la boca abierta.
Comenzaste a refunfuñar y entonces derramaste la leche sobre tu ropa. Furioso te volví a regañar y te empujé para que fueras a cambiarte de inmediato.
Camino a la escuela no hablaste. Sentado en el asiento del auto llevabas la mirada perdida. Te despediste de mi tímidamente y yo sólo te advertí que no te portaras mal.
Por la tarde, cuando regresé a casa después de un día de mucho trabajo, te encontré jugando en el jardín. Llevabas puestos tus pantalones nuevos y estabas sucio y mojado. Frente a tus amiguitos te dije que debías cuidar la ropa y los zapatos; que parecía no interesarte mucho el sacrificio de tus padres para vestirte. Te hice entrar a la casa para que te cambiaras de ropa y mientras marchabas delante de mi te indiqué que caminaras erguido.
Más tarde continuaste haciendo ruido y corriendo por toda la casa. A la hora de cenar arrojé la servilleta sobre la mesa y me puse de pie furioso porque no parabas de jugar. Con un golpe sobre la mesa grité que no soportaba más ese escándalo y subí a mi cuarto.
Al poco rato mi ira comenzó a apagarse. Me di cuenta de que había exagerado mi postura y tuve el deseo de bajar para darte una caricia, pero no pude. ¿Cómo podía un padre, después de hacer tal escena de indignación, mostrarse sumiso y arrepentido?
Luego escuché unos golpecitos en la puerta. “Adelante”, dije, adivinando que eras tú. Abriste muy despacio y te detuviste indeciso en el umbral de la habitación. Te miré con seriedad y pregunté: “¿Te vas a dormir? ¿Vienes a despedirte?”
No contestaste. Caminaste lentamente con tus pequeños pasitos y sin que me lo esperara, aceleraste tu andar para echarte en mis brazos cariñosamente. Te abracé… y con un nudo en la garganta percibí la ligereza de tu delgado cuerpecito. Tus manitas rodearon fuertemente mi cuello y me diste un beso suavemente en la mejilla. Sentí que mi alma se quebrantaba.”Hasta mañana papito” me dijiste.
¿Qué es lo que estaba haciendo? ¿Por qué me desesperaba tan fácilmente? Me había acostumbrado a tratarte como a una persona adulta, a exigirte como si fueras igual a mí y ciertamente no eras igual.
Tú tenias unas cualidades de las que yo carecía: eras legítimo, puro, bueno y, sobre todo, sabías demostrar amor.
¿Por qué me costaba tanto trabajo? ¿Por qué tenía el hábito de estar siempre enojado? ¿Qué es lo que me estaba aburriendo? Yo también fui niño. ¿Cuándo fue que comencé a contaminarme?
Después de un rato entré a tu habitación y encendí con cuidado una lámpara. Dormías profundamente. Tu hermoso rostro estaba ruborizado, tu boca entreabierta, tu frente húmeda, tu aspecto indefenso como el de un bebé.
Me incliné para rozar con mis labios tu mejilla, respiré tu aroma limpio y dulce. No pude contener el sollozo y cerré los ojos. Una de mis lágrimas cayó en tu piel. No te inmutaste. Me puse de rodillas y te pedí perdón en silencio. Te cubrí cuidadosamente con las cobijas y salí de la habitación.
Si Dios me escucha y te permite vivir muchos años, algún día sabrás que los padres no somos perfectos, pero sobre todo, ojalá te des cuenta de que, pese a todos mis errores, te amo más que a mi vida.
Desconozco el autor

Virginia Alberca Garcia.

CARTA DE UN HIJO/A A SUS PADRES



No me des todo lo que te pido.
A veces, sólo pido para ver hasta cuánto puedo coger.

No me grites.
Te respeto menos cuando lo haces; 
y me enseñas a gritar a mí también. 
Y...  yo no quiero hacerlo.

No me des siempre órdenes.

Si en vez de órdenes, a veces me pidieras las cosas, 
yo lo haría más rápido y con más gusto.

Cumple las promesas, buenas y malas.

Si me prometes un premio, dámelo; 
pero también si es un castigo.

No me compares con nadie, 
especialmente con mi hermano o mi hermana.

Si tú me haces sentirme mejor que los demás, 
alguien va a sufrir; 
y si me haces sentirme peor que los demás, 
seré yo quien sufra.

No cambies de opinión tan a menudo 
sobre lo que debo hacer.

Decide y mantén esa decisión.

Déjame valerme por mí mismo.
Si tú haces todo por mí, 
yo nunca podré aprender.

No digas mentiras delante de mí, 
ni me pidas que las diga por ti, 
aunque sea para sacarte de un apuro.

Me haces sentirme mal 
y perder la fe en lo que me dices.

Cuando yo hago algo malo, 
no me exijas que te diga el por qué lo hice.

A veces ni yo mismo lo sé.

Cuando estés equivocado en algo, admítelo, 
y crecerá la buena opinión que yo tengo de ti, 
y así me enseñarás a admitir mis equivocaciones.

Trátame con la misma amabilidad y cordialidad 
con que tratas a tus amigos.

Porque seamos familia 
no quiere decir que no podamos ser amigos también.

No me digas que haga una cosa 
si tu no la haces.

Yo aprenderé siempre lo que tú hagas, 
aunque no me lo digas. 
Pero nunca haré lo que tú digas y no hagas.

Cuando te cuente un problema mío, 
no me digas "no tengo tiempo para bobadas", 
o "eso no tiene importancia".

Trata de comprenderme y ayudarme.

Y quiéreme. Y dímelo.

A mí me gusta oírtelo decir, 
aunque tú no creas necesario decírmelo.



Virginia Alberca Garcia.

jueves, 21 de abril de 2011

Bienvenidos

¡Hola!
Bienvenidos/as a nuestro Blog. Desde estas páginas intentaremos que nuestros papás y nuestras mamás (Y por qué no, también nuestros pequeñajos) compartan sus ideas, impresiones, deseos, etc. con toda esta comunidad digital formada en torno a CEI El Duende.

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